
Ambientada en un país innominado, que remite al Perú de los peores momentos de Fujimori, la narración tiene como eje la historia de amor de Ignat y Virginia, aunque esta historia no es presentada de una manera fragmentada y elíptica. Virginia además forma parte de un extraño grupo de activistas políticos, junto con Zeta, “el hombre de las patillas” y “el hombre de las gafas”. Hay mucha violencia y represión, asesinatos y desapariciones (especialmente en los primeros capítulos), que crean una atmósfera opresiva de inseguridad y desconfianza. Para Ignat, todos, incluyendo a Virginia, son siempre sospechosos de espionaje y dobles juegos.
En paralelo a esa historia se cuenta otra, también con personajes bellatinianos como “el joven de la cabeza rapada” y “el viejo que escribe”. Este último está encerrado en un manicomio, obsesionado con la muerte, y escribe compulsivamente y sin ningún orden en un cuaderno usado. No hay que ser muy suspicaz para darse cuenta de que ese viejo es en realidad Ignat, y que el resultado de su escritura es la novela que estamos leyendo. Las dos líneas narrativas se complementan bien y logran integrar aspectos como el contexto político y las obsesiones personales, la acción y la reflexión, la realidad y la ficción.
Sin embargo, la novela presenta algunos defectos y problemas. La brevedad impide el adecuado desarrollo de personajes y situaciones (por ejemplo, Ignat tiene dudas acerca de Virginia desde el primer momento, pero pronto se casa con ella); hay también un exceso de ambigüedad e indefinición en todo el relato (los personajes nunca ven claramente, solo “vislumbran” las cosas) y, principalmente, una prosa demasiado pobre, áspera y falta de precisión. La línea en medio del cielo presenta a Francisco Ángeles como un narrador inteligente y original, pero al que aún le falta trabajar mucho todo lo relativo al lenguaje, el elemento más importante de la obra literaria.
Publicado en el diario La República
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