sábado, 25 de octubre de 2008

Leonardo Aguirre sobre DISIDENTES

Hace poco más de un mes, en su bitácora personal (notasmoleskine.blogspot.com), el escritor Iván Thays se preguntaba si “en alguna época anterior a ésta existió la posibilidad de publicar una antología de narradores jóvenes teniendo más o menos 30 autores para escoger, todos de cierto nivel e interés”. Semanas más tarde, Alonso Cueto dictaminó algo parecido en su columna semanal del diario Perú 21: “una generación de escritores jóvenes ha aparecido con mucha promesa entre nosotros”. Y el crítico Javier Ágreda, en una reseña para La República, remarcaba “la interesante renovación que se está produciendo en la narrativa peruana” (dicho sea de paso, Ágreda fue uno de los primeros en sugerir la existencia de una nueva generación). Algunos dirán que la edad es un asunto trivial y que, en lugar del DNI, sólo importan los libros. Y hay quienes niegan cualquier posibilidad de hermanar a tantos autores distintos y, encima, juzgan peregrino el mote de “generación” (entre ellos, curiosamente, los propios protagonistas). Todo eso es verdad. Pero también es verdad que el fenómeno existe. Por lo menos yo, en mis veinte años de consumidor de literatura peruana, no había visto nada semejante. Perú, tierra de narradores (y no de arqueros). Hoy levantas una piedra y te topas con treinta. O vas a la librería y te topas con tres antologías diferentes. Y cada una se propone como un censo, una vitrina, una instantánea de eso que no sé cómo diablos llamar pero que otros ya bautizaron como nueva narrativa, generación post-2000, generación 2005, generación del relevo o generación de la disidencia.
Revoltosos

Recuerdo una mesa redonda sobre narrativa joven (como tantas que se han organizado en los últimos tres años) donde el moderador, al centro de un puñado de cuarentones perfectamente desconocidos, dio el play de honor con esta sentencia: “aquí están los narradores del momento”. No diré nombres (tampoco los recuerdo), pero lo único cierto era que aquellos tíos de guata cervecera y pelada mal disimulada se presentaron como narradores y juraban estar escribiendo algo en ese momento.

En realidad, los verdaderos narradores del momento están en la compilación (discutiblemente) titulada Disidentes y (perfectamente) subtitulada Muestra de la nueva narrativa peruana (Revuelta editores, 2007), que se presentó en la última feria del libro y cuyo índice consigna una veintena de autores, efectivamente, jóvenes (la juventud, en literatura, suele orillar la base tres). En honor a la verdad, quizá el estrecho rango de edades (la mayoría oscila entre los 28 y los 32) sea el único denominador común entre tantos narradores que exhiben estilos y obsesiones peculiares. Y esto a pesar del prólogo, debido al compilador Gabriel Ruiz-Ortega, que le pone nombre y razón social a la botica, cuando ya resulta complicado hacer un inventario. Ni hablar, la diversidad es evidente. Historias de amor, de locura y de muerte. Énfasis en el asunto y énfasis en el lenguaje. Escritores, amas de casa, visitadores médicos, detectives, profesores, taxistas, vendedores de electrodomésticos. Lima, París, Río de Janeiro y ciudades improbables. Borges, Ribeyro, Bukowski, Beckett y Carver. La diversidad es evidente y también inasible. No pudo el prologuista y tampoco puedo yo. Pero los buenos oficios, y el buen ojo, de Ruiz-Ortega para reunir estos cuentos “de cierto nivel e interés” son dignos de aplauso.

Veinte cuentos donde apenas sobran tres. Tres de veinte: buen negocio. No me referiré a los saldos, pero sí mencionaré ocho cuentos que, para mi gusto, justifican las 40 lucas que cuesta el volumen: El presidente Lincoln ha muerto, de Daniel Alarcón; Los escribas de Æ, de Edwin Chávez; La tierra más lejana, de Marco García Falcón; Seltz, de Carlos Yushimito; Buscando a Forster, de Pedro Llosa; Eucaris, de Daniel Soria; El inventario de las naves, de Alexis Iparraguirre; y Piscina, de Claudia Ulloa. Podría añadir tranquilamente los nombres de Neyra (La construcción), Van Ginhoven (Las floralias) y Castañeda (Poeta Cedrus), pero los tres casos corresponden a fragmentos de una novela y, según mi lectura, brillan mejor en sus respectivas coronas.

La mayoría de reseñistas ha coincidido en subrayar la solidez y el valor casi documental de esta antología, pero la única reseña que disecciona cada uno de los veinte cuentos (quizá la manera más justa de asir esa diversidad) puede leerse en el blog de la revista virtual El Hablador (elhablador.com/blog). A ella los remito. Por cierto, el forense se llama Francisco Ángeles y, según me datearon, debutará en breve con una novela corta (¿un nuevo disidente?).

Dos masters y un potrillo

Tan pronto como el libro anterior apareció en las librerías, el terremoto originó dos réplicas. Es decir, dos temblores de pequeña magnitud. El primero lleva por título Nacimos para perder (Casatomada, 2007) y el compilador es Gabriel Rimachi. Según el blog de la editorial, se trata de una inocente “colección que aborda el tema de la derrota”, “un abanico de estilos (...) y enfoques sobre un mismo tema”. O, como dice el prólogo, “varios lados de una misma moneda” (sigo rompiéndome la cabeza para entender cuántos lados tiene una moneda). Pero lo cierto es que los propios implicados publicitaron esta antología como la competencia directa de Disidentes. Y a pesar de que algunos repitan el plato (Effio, Llosa, Page, Moretti, Ulloa y siempre Roncagliolo), un simple vistazo a los veinte perfiles desautoriza lo dicho por cierto blogger: antología de narrativa peruana última. En todo caso, la mitad de estos últimos fluctúa entre los 35 y los 45. Y cuatro ya son bastante trajinados y de sobra conocidos en el medio (Iwasaki, Donayre, Güich, Ildefonso). Además, descubro dos nombres que, según confesión pública de Ruiz-Ortega, figuraban en la nómina original de Disidentes: Max Palacios y Diego Trelles. Ignoro las razones de su separación, pero sí me gané con sus reacciones furibundas (en la blogósfera, cómo no) tan pronto como RO soltó los intríngulis de la criba. Chismes aparte, diré con toda honestidad que, mientras en Disidentes destaco ocho (por no decir once), de los veinte de Nacimos para perder sólo puedo rescatar tres. Estos son, como se dice, “goles de otro partido”: Los espectros nacionales, del master José Güich; En el batimóvil, con Miss Graciela, del master Iwasaki; y Las hojas reunidas, del potrillo Page. Los demás relatos son apenas eficientes y no exceden la categoría de ejercicios de taller. En todo caso, los ejercicios más audaces corresponden a Diego Trelles, con Primer intermezzo, y Julio César Vega, con Los cachaquitos no van al cielo. Otras objeciones: diagramación apurada, tinta irregular, muchas erratas y un diseño de cubierta ya patentado por Estruendomudo.

Lo justo, tío Lasso

He aquí otra antología que también quiso erigirse como respuesta inmediata a Disidentes. No sé quién es el compilador de Selección peruana 2 (Estruendomudo, 2007), pero debo suponer que la firma del prólogo (“los editores”) implica al dueto Fernández-Lasso. Tampoco hay forma de saber si los autores escribieron algo especial para este libro o si nada más escogieron algún manuscrito perdido en el cajón del escritorio (pasa lo mismo en Nacimos para perder). Claro, aunque el libro no lo dice, yo sé (porque los leí antes) que Áyax, de Castañeda, proviene de la novela Casa de Islandia (Estruendomudo, 2004); que La isla, de Yushimito, forma parte del cuentario Las islas (Sic, 2006); que Huayco, de Alarcón, está incluido en Guerra a la luz de las velas (Alfaguara, 2006); y que Asuntos internos, de Roncagliolo, apareció en la revista Etiqueta Negra (marzo de este año). Y también sé que no se trata de los mejores cuentos de los susodichos (Ruiz-Ortega le ganó a Lasso por puesta de mano). Sólo una vez se consigna la fuente: Viaje apátrida a la tierra del cebiche, de Daniel Titinger, que se publicó antes en Dios es peruano (Planeta, 2006). Ésta, y la de Beto Ortiz, son las joyitas de la colección. Y, curiosamente, no son cuentos sino crónicas. No hay espacio aquí para la eterna discusión sobre distancias y parentescos entre literatura y periodismo, pero cualquier lector notará que ambas piezas no encajan en la serie. En tercer lugar, debo mencionar el cuento Junta de vecinos, de Gustavo Rodríguez (más conocido como publicista que como escritor), quien, a pesar del cierre (tramposamente) sorpresivo, se las arregla muy bien para embetunar de espanto una anécdota prosaica. Y también, por cierto, destella La herida de Ricardo Sumalavia. Veamos: Titinger, Ortiz, Rodríguez, Sumalavia. Ergo, publicidad engañosa. Porque la tapa es una fotografía triunfal del delantero estrella de la sub-17, el prólogo nos invita a repasar “lo que hay hoy en narrativa”, y la contra nos vende ”una muestra de la nueva narrativa peruana”. Finalmente, palo para la calidad de impresión: parece una copia pirata. Me costó 18 lucas (a precio de feria, ojo), pero yo pagaría 10 (y esto es).
Los que se quedaron y los que se vienen

En la misma feria se presentó también El mestizo de las Alpujarras (Ediciones Copé, 2007), que recoge los tres primeros puestos y los doce finalistas del Premio Copé de Cuento (el volumen lleva el título del primer puesto, firmado por Selenco Vega). Una edición impecable (mucho lote para las 5 lucas que costó en la feria) y una nómina muy parejita. Sin embargo, debo discrepar con el medallero. El acierto del ganador es tramar una hipótesis sugerente para un pasaje oscuro de la biografía de Garcilaso, pero la peripecia, considerada en frío, carece de quiebres y sorpresas. Supongo que un historiador, o un sociólogo, apreciará este relato mucho más que yo. ¿Merece estar en este libro? Sí, pero no merece titularlo. El segundo puesto, sin duda, es lo mejor que he leído de Galarza hasta la fecha (El mapache), pero tampoco alcanza para la medalla de plata. El tercero, de Alina Gadea (La casa muerta), abunda en clichés: la mansión embrujada, la viejita aristócrata venida a menos, el mayordomo fronterizo, muchos gatos, el “tapadito”, goznes chirriantes... Ninguno de los tres ganadores supera a los doce finalistas. Otro jurado fácilmente hubiera elevado unas casillas los cuentos de Sebastián Esponda (Puma: ¿quién está contigo?), Juan Carlos Bondy (Isabel), Jorge Harten (La caverna) o Arturo Mosqueira (La parte más débil de la cuerda). Estos apenas sobrepasan los treinta y, según mi lectura, ya están pidiendo selección (cuando menos, están pidiendo editorial para debutar). Y volviendo al fenómeno que me resisto a etiquetar, sigo con las sugerencias. Tres que ya debutaron pero nadie se dio cuenta: Santiago del Prado (autor de la novela Camino de Ximena, Norma, 2003), Carlos Gallardo (autor de la colección de relatos Parque de las leyendas, Estruendomudo, 2004) y Ernesto Carlín (autor de la nouvelle inhallable Falso al amanecer, con su plata, 1999). Dijo Thays que hay casi 30 para escoger. Yo digo que hay más.
Publicado en Dedo Medio.

Jean - François Fogel sobre DISIDENTES

“En varias ocasiones, sentado frente a la pantalla del PC, acompañado con el humo y el aroma del tabaco, escuchando el CD Quadrophenia de The Who, he mantenido conversaciones por medio del messenger, con algunos escritores contemporáneos a mí, con quienes tengo una serie de gustos afines que van desde la música, el cine, los deportes, hasta los cigarros y la bebida.”

Esta es la primera frase de la introducción a una compilación de autores de ficción peruanos: Disidentes. Muestra de la nueva narrativa peruana (Revuelta editores) que acabo de comprar en Lima. Desconozco el autor de esta introducción y de la selección de los autores, Gabriel Ruiz-Ortega, pero tengo siempre una simpatía espontánea por los soñadores que intentan sintetizar lo que no se puede resumir: la natural proliferación de la literatura de ficción.

Me gusta la frase de la introducción pues dice mucho: él se comunica a través del messenger, habla de música, de deportes y de cine y no de literatura, parece que vive en un mundo de información y no en el mundo real. Es una primera frase muy bien concebida, más allá de su equilibrio y de su ritmo interno, para crear la atmósfera que corresponde a la doble definición de la generación de los disidentes (adolescencia y juventud durante la década de los 90): “falta de un compromiso político, social e ideológico…” y “respeto por el oficio narrativo”.

No voy pronunciarme con relación a la obra de los jóvenes escritores (aunque hay muestras muy, muy atractivas), y tampoco sobre la influencia “soterrada y patente” de Óscar Malca e Yván Thays en relación con ellos, pero me gusta destacar cuáles son los criterios utilizados (para rechazarlos, siempre) por Ruiz-Ortega. Es el dato clave en una compilación: ¿cuáles son las categorías pertinentes en una definición? En este caso:

1. Escritores vitalistas y escritores metaliterarios;
2. Escritores andinos y escritores criollos;
3. Escritores de la capital y escritores de la provincia.

Si son los únicos criterios citados y no son válidos, queda pendiente una pregunta: ¿Qué son estos jóvenes escritores? Me gusta una frase que lo dice muy bien: van “mirando hacia afuera para ver lo que hay adentro”. En un mundo globalizado es una muy buena definición de lo que hacen los escritores, de su manera de ubicarse en la literatura.

Escribí esto por la noche, en Perú, después de leer de un tirón la antología de estos nuevos autores. Por la mañana, leo un artículo universal (en inglés) en un sitio americano: todos los autores van escribiendo siempre la historia de los mismos mitos, dice su autora, Marina Warner. Ella cita a Borges y no tiene dificultad en defender su visión. Mirar por afuera es mirar siempre a los mismos mitos, en una versión renovada. Hace siglos que nuestros mitos viven en un mundo globalizado.
Publicado en El Boomeran(g)

Alonso Cueto sobre DISIDENTES

Una generación de escritores jóvenes, menores de treinta años, ha aparecido con mucha promesa entre nosotros. Como pocas veces antes, este grupo ha mostrado dos condiciones esenciales que creo debe tener un escritor: talento y vocación. Si lo primero tiene que ver con las condiciones innatas, lo segundo es producto de la determinación. Desde hace tiempo no veo a tantos escritores jóvenes para los cuales, me parece, lo que más importa en la vida es dedicarse a escribir ficción. En muchos de ellos esta determinación fundamental está acompañada de una formación sólida y de un talento natural.

Todo esto viene a colación de la lectura de los relatos de Disidentes, el libro de relatos que recoge Gabriel Ruiz Ortega (Revuelta Editores). En su interesante prólogo, Ruiz Ortega destaca el influjo que tuvieron dos escritores de los noventa en esta generación del nuevo siglo: Óscar Malca e Iván Thays. Los relatos ambientados en la calle, que recogen el lenguaje y el ambiente urbano, de un libro tan bueno como Al final de la calle informan a parte de estos narradores. El cuidado formal, en base a una estética privada, con una visión potente y extraña de sus personajes, que es la fuente de libros tan admirables como La disciplina de la vanidad y Las fotografías de Frances Farmer, constituye el modelo de otro buen grupo. No hay en ninguno de ellos la intención de moralizar, instruir, o profetizar. Los textos de Alexis Iparraguirre, Edwin Chávez, Juan Manuel Chávez , Ezio Neyra, Johan Page, Luis Hernán Castañeda, Pedro José Llosa, Santiago Roncagliolo, Daniel Alarcón y el magnífico Tsunami de Susanne Noltenius, entre otros autores de esta antología, demuestran asimilar estas lecciones y buscar en ellas sus propios caminos.

Esto ocurre en un medio en el cual hay un desarrollo editorial. Casas editoras tan importantes como Peisa, Planeta, Alfaguara y Norma están en plena actividad junto a Estruendomudo, San Marcos y editoriales nuevas como Bizarro, de Max Palacios, entre otras. La librería Crisol continúa con su proyecto de inaugurar seis locales nuevos este año en todo el Perú, y hay algunas otras librerías que han aparecido por su cuenta. El único lunar en este auge es que la piratería ha aumentado. ¿Por qué el Gobierno sigue siendo tan permisivo en este tema? Preferimos no contestar. Mejor leer Disidentes, gracias a Gabriel Ruiz Ortega.
Publicado en Perú 21

Jack Martínez sobre DISIDENTES

En los últimos años, una camada de jóvenes escritores –que no representa necesariamente una “generación”– ha aparecido con relativa notoriedad en el ambiente literario local. Y con el objetivo de reunir relatos o fragmentos de novelas de estos narradores bajo un mismo corpus, se ha publicado la antología Disidentes. Muestra de la nueva narrativa peruana, con textos de veinte autores compilados por Gabriel Ruiz-Ortega.
En cuanto a los nombres que aparecen en el libro, la selección es irreprochable. No hay, al parecer, alguna exclusión arbitraria. Están los que deben estar. Sin embargo, el argumento bajo el cual se pretende unificar a todos bajo el rótulo de “disidentes” sí es discutible. ¿Disidentes de qué? La explicación del prólogo al respecto no es convincente.
Por ahora no me detendré en ello, vayamos a los textos. Y ya que es imposible abordarlos todos por razones de espacio, comentaré algunos. Los que por el solo nombre de su autor son insoslayables y, por otro lado, los que por su calidad, resultan descollantes.
Al primer grupo pertenecen Santiago Roncagliolo y Daniel Alarcón, acaso los únicos escritores del conjunto que ya gozan de cierto renombre internacional. Lamentablemente, y tal vez por esa misma razón, los cuentos inéditos que han cedido están por debajo –a sabiendas de su talento– de lo esperado. Roncagliolo publica “Hospital”, una historia poco intensa y de lectura ligera. Alarcón hace lo propio con “El Presidente Lincoln ha muerto”, relato en el que dialoga una pareja recién desempleada y que entre centellas de recuerdos pretéritos, buenos o malos, evita enfrentar un incierto porvenir. Interesante, pero que respecto a la obra particular de Alarcón, no aporta mucho.
Del otro lado están los cuentos de Alexis Iparraguirre, Carlos Yushimito y Edwin Chávez. Desde mi perspectiva, los más logrados de Disidentes. “El inventario de las naves”, de Iparraguirre, con una trama afín al policial en el que se entrecruzan la incertidumbre por las acciones venideras de un asesino en serie y la erudición libresca de quien desentraña el misterio y descubre al psicópata. “Seltz”, donde un personaje subalterno se impone al de mayor jerarquía, cuento en el que Yushimito despliega sobremanera su talento en el impecable manejo del lenguaje. Y “Los escribas de AE”, de Chávez, con una narración precisa y envolvente, dotada de imágenes casi cinematográficas, de una atmósfera compleja y del factor, siempre desequilibrante, de lo impredecible.
Finalmente, sobresalen también las páginas aparecidas bajo la autoría de Ezio Neyra (“La construcción”, fragmento de novela), Leonardo Aguirre (“Sublime Sorrento”) y Luis Hernán Castañeda (“Poeta Cedrus”, fragmento de novela).Por todo ello, Disidentes representa –más que el encasillamiento de los noveles escritores bajo un precepto unificador– la oportunidad de leer en un solo libro, a los numerosos y disímiles autores que allí aparecen, cada uno en busca de un estilo propio y de la originalidad que, por supuesto, no implica un rompimiento brusco con alguna tradición literaria.
Disidentes
Revuelta Editores2007
325 pp.
Publicado en La Primera

Abelardo Oquendo sobre DISIDENTES

Dos libros últimos se ocupan de nuestra nueva narrativa. Uno no tan reciente, pues apareció el año pasado, lo publicó la Editorial San Marcos con el título La novísima novela peruana (1990-2005) y es una recopilación de entrevistas que firman Britt Diegner y José Morales Saravia, autores, respectivamente, del epílogo y el prólogo del tomo. En él se interroga a E. Rivera Martínez, M. Gutiérrez, O. Reynoso, Cronwell Jara, Luis Nieto Degregori, Pilar Dughi, Alonso Cueto, F. Ampuero, M. Lauer, E. Planas, O. Malca, G. Tocilovac, I. Thays, M. Bellatin y P. de Souza. Las entrevistas giran en torno de la formación de los mencionados autores, sus poéticas, las influencias que reconocen, e indagan acerca de la percepción que cada cual tiene de su tradición y de su entorno literario. Con todo lo cual el libro no puede ser sino atractivo y útil para los interesados en el tema.

El otro, publicado este año por Revuelta Editores, se titula Disidentes. Muestra de la nueva narrativa peruana y es una compilación (no se le llama antología) debida a Gabriel Ruiz-Ortega. En realidad, los autores que figuran aquí son los novísimos, pues son todos menores de cuarenta años, en tanto los del libro anterior sobrepasan esa edad, algunos con largueza. De la profusión de narradores surgidos en la década del 90, Ruiz-Ortega ha seleccionado a estos 20, que nombramos en su orden de aparición en el volumen: A. Iparraguirre, A. Moretti, A. Effio, C. Yushimito, C. van Ginhoven, C. Ulloa, D. Alarcón, D. Soria, E. Chávez, E. Neyra, J. Page, J. M. Chávez. L. Aguirre, L. H. Castañeda, M. García Falcón, M. Ruiz Effio, P. J. Llosa, S. Roncagliolo, S. Noltenius y V. Falcón. La selección es buena, si bien quedan fuera nombres de real interés como Santiago del Prado y Miguel Ildefonso. Pero no hay antología que satisfaga a todos, incluido a veces el propio antólogo.

La selección es acertada, y la introducción, que el compilador titula "La generación de la disidencia" –bautizando así a su veintena– es un texto que aviva el interés por el tema tratado y en él Ruiz-Ortega se atreve a ser valorativo, a riesgo de polémico. Lástima que la desenvoltura con que expone sus pareceres se vea agraviada por descuidos de lenguaje como estos: "Solo Aguirre es el único que" y "La literatura es, ante todo, un laberinto con un sin fin de conexiones por los que andan los libros escritos y los que aún faltan por escribirse". Lo cual no impide que Disidentes sea una muy recomendable introducción a la numerosa y rica narrativa joven del Perú.
Publicado en La República.

Javier Ágreda sobre DISIDENTES

Si toda antología genera inevitablemente algún tipo de polémica, la de Gabriel Ruiz-Ortega, Disidentes. Muestra de la de la nueva narrativa peruana, básicamente una selección de cuentos (aunque incluye algunos fragmentos de novelas), lleva esa posibilidad hasta el extremo por varios motivos. En primer lugar porque el antologador no es un crítico ni un observador neutral, sino alguien que fácilmente podría figurar entre los antologados: escritor limeño (o al menos con un libro publicado en Lima) nacido después de 1974 y con un libro de narrativa publicado en los últimos 3 años. En el caso de Ruiz Ortega (Lima, 1977) ese libro es su también polémica novela La cacería (2005).
En segundo lugar están los criterios de la selección, pues a los ya mencionados (¿por qué sólo escritores limeños o publicados en Lima?) se suma la opción por un cierto tipo de narrativa que se aleje del “realismo sucio”, heredero de Bukowski y de Reynoso, que para Ruiz-Ortega “fue la tendencia narrativa que imperó mayoritariamente en los noventa” (como ha señalado Abelardo Oquendo, en la prosa de Ruiz-Ortega abundan los errores de redacción). En otras palabras, de esta “muestra de la nueva narrativa peruana” quedan excluidos, sin importar la calidad de sus relatos, autores como Diego Trelles (Lima, 1977), Julio César Vega (Lima, 1976) o Sergio Galarza (Lima, 1976).
Ruiz-Ortega enfoca entonces su trabajo sólo en un sector limitado de nuestra narrativa joven, en aquellos autores “disidentes” del realismo sucio de los años 90 (¿no es más bien el realismo sucio una disidencia ante la narrativa tradicional?) y que han publicado sus primeros libros en editoriales también jóvenes. El primer grupo de estos autores es el vinculado a la editorial estruendomudo: Luis Hernán Castañeda (1982), Johann Page (1979), Edwin Chávez (1984). A ellos se suman Alexis Iparraguirre(1974) y Carlos Gallardo (1983), aunque este último ha sido inexplicablemente excluido de la antología. Son autores con propuestas claramente vinculadas y signadas, según Ruiz-Ortega, “por la exploración de un mundo poquísimas veces tratado en nuestra literatura: el mundo del escritor y su acto creativo”.
Otro grupo de antologados es el de aquellos autores que para marcar su disidencia con respecto a la narrativa peruana de los 90 “se han valido de fuentes literarias foráneas como base principal de sus trabajos": Christopher van Ginhoven (1979), Ezio Neyra (1980), Claudia Ulloa (1979) Carlos Yushimito (1977), Susanne Noltenius (1974) y Augusto Effio (1977). Un tercer grupo es el de aquellos narradores que han logrado crear un “vitalismo con sentido” mediante “el uso inteligente del humor, la mirada introspectiva y un marcadísimo cuidado por el lenguaje”: Víctor Falcón (1979), Pedro Llosa (1975), Miguel Ruiz (1977), Antonio Moretti (1977) y Leonardo Aguirre (1975). Menos fáciles de ubicar en alguna tendencia resultan Daniel Soria, Juan Manuel Chávez (1976), Daniel Alarcón (1977), Santiago Roncagliolo (1974) y Marco García Falcón (1970).
No obstante nuestros reparos, Disidentes tiene la gran virtud de llamar la atención sobre la interesante renovación que se está produciendo en la narrativa peruana, y sobre la gran cantidad de novelas y libros de cuentos que están publicando nuestros escritores jóvenes. Y si bien se le puede cuestionar a Ruiz-Ortega tanto las ausencias de algunos narradores como las marcadas deficiencias del prólogo y exageraciones de las breves notas de presentación de cada autor, hay que reconocer su competencia como lector, pues la mayoría de los textos que ha seleccionado son de calidad ya reconocida (relatos ganadores de premios literarios, cuentos incluidos en libros bastante comentados) y verdaderamente “antologables”.

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